EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
      DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET


      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 13. El ejército y la guerra, de la Historia de la Revolución Rusa.

      (viene de pg. anterior)

      El tejido, ya muy desgastado, de la disciplina se fue rompiendo, a lo primero poco a poco, en diferentes puntos, en diferentes guarniciones y regimientos. Muchas veces, el comandante se imaginaba que, en su regimiento o división, todo había marchado bien, hasta la llegada de los periódicos o de un propagandista. En realidad, se estaba efectuando un proceso paciente de fuerzas subterráneas e inexorables.

      El diputado liberal Januschkevich trajo del frente la impresión de que donde la desorganización alcanzaba un grado mayor era en los regimientos «verdes», aquellos en que abundaban los campesinos. «Los regimientos más revolucionarios conviven muy bien con los oficiales.» En realidad, donde se mantuvo más tiempo la disciplina fue en los dos polos: en la Caballería privilegiada, compuesta de campesinos acomodados, y en la Artillería y, en general, en las fuerzas técnicas, con un tanto por ciento elevado de obreros e intelectuales. Los que más resistieron fueron los cosacos-propietarios, que temían a la revolución agraria, en que la mayoría de ellos tenía que perder. Algunas fuerzas cosacas fueron, incluso después de la revolución, más de una vez, instrumentos de represión. Pero así y todo, la diferencia residía únicamente en la mayor o menor rapidez con que se efectuaba el proceso de descomposición.

      En esta lucha sorda había sus flujos y reflujos. Los oficiales intentaban adaptarse a la nueva situación. Los soldados tornaban a confiar. Pero, a la vuelta de estas crisis y depresiones temporales, de los días y semanas de armisticio, el odio social, que descomponía el ejército del antiguo régimen, iba adquiriendo una tensión cada vez mayor, que estallaba muchas veces con fulgores trágicos. En Moscú se reunió en uno de los circos una asamblea de soldado y oficiales inválidos. Uno de los oradores habló desde la tribuna, en tonos duros, de la oficialidad. Se armó gran ruido de protestas; los reunidos empezaron a golpear el suelo con las piernas, los bastones, las muletas. «¿Acaso hace tiempo, señores oficiales, que azotabais a los soldados con las vergas y el puño?» Heridos, contusionados, mutilados, se levantaban unos frente a otros, soldados inválidos contra oficiales inválidos, mayoría contra minoría, muletas contra muletas. En esta feroz escena desarrollada en un circo se contenía ya en germen la ferocidad de la guerra civil que se avecinaba.

      Sobre todas las relaciones y contradicciones imperantes en el ejército, lo mismo que en el país, se cernía un problema que se encerraba en una palabra bien corta: la guerra. Desde el mar Báltico al mar Negro, desde el mar negro hasta el Caspio y más allá, hacia el fondo de Persia, en un frente inmenso, había regados sesenta y ocho cuerpos de Infantería y nueve de Caballería. ¿Qué se hará con ellos? ¿Cómo se resolverá el pleito de la guerra?

      En los comienzos de la revolución, el ejército se había reforzado considerablemente, desde el punto de vista del suministro de armas y municiones. La producción interior para las necesidades de la guerra se había elevado, y, al mismo tiempo, se intensificaba el transporte de material de guerra, sobre todo de Artillería, enviado por los aliados sobre los puertos de Murmansk y Arkángel. Había una cantidad de fusiles, cañones, obuses, incomparablemente mayor que en los primeros años de la guerra. Se ampliaban las divisiones de Infantería y las intentaron posteriormente demostrar que Rusia se hallaba en vísperas de la victoria y que sólo la revolución lo había impedido. Doce años antes, Kuropatkin y Linievich afirmaban, basándose en los mismos motivos, que Witte les había impedido derrotar a los japoneses.

      En realidad, a principios de 1917, Rusia se hallaba más lejos de la victoria que nunca. Paralelamente con el incremento de armas y municiones, se notaba en el ejército, a fines de 1916, una crisis aguda de productos alimenticios; el tifus y el escorbuto provocaban más víctimas que las batallas. La desorganización del transporte iba entorpeciendo cada vez más los movimientos de las tropas, lo cual bastaba para reducir a cero las combinaciones estratégicas que implicaban la movilización de las grandes masas de soldados. Por añadidura, la aguda crisis de caballos condenaba a menudo a la Artillería a la inmovilidad. Pero, así y todo, lo pero era la moral del ejercito, que se puede resumir así: el ejército como tal ya no existía. Las derrotas, las retiradas, la indignidad de los dirigentes, acabaron por desmoralizar completamente a las tropas. Y esto no había modo de corregirlo con ayuda de medidas administrativas, del mismo modo que no puede modificarse por medio de decretos el sistema nervioso del país. Los soldados miraban ahora los montones de obuses con la misma repugnancia que si fueran montones de carne llena de gusanos. Todo les parecía inútil, inservible, engaño y robo. Y el oficial no podía decirles nada convincente, ni se atrevía tampoco ya a ponerles la mano en la mejilla. El mismo se consideraba engañado por el viejo mando, a la par que se sentía culpable ante el soldado. El ejército estaba incurablemente enfermo, y únicamente era útil para decidir de la suerte de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese. Y nadie creía ya en el triunfo; los oficiales tampoco, como los soldados. Ni el pueblo ni el ejército querían seguir combatiendo.

      Claro está que en las altas esferas administrativas, donde la vida llevaba un ritmo peculiar, seguía hablándose, por la fuerza de la inercia, de grandes operaciones, de la ofensiva de primavera, de la ocupación de los estrechos turcos, etc. En Crimea, se preparaban incluso grandes fuerzas para acometer esta última empresa. Se decía que, con este fin, habían sido designados los mejores elementos del ejército. De Petrogrado enviaban fuerzas de la Guardia. Sin embargo, según cuenta un oficial que había iniciado la preparación de dichas fuerzas, el 25 de febrero, es decir, dos días antes de la revolución, todos estos elementos resultaron pésimos. En la indiferencia de aquellos ojos azules, castaños y grises no se leía el menor deseo de combatir... «Todos sus pensamientos, todas sus aspiraciones estaban concentrados en la paz.»

      Testimonios de éstos, o parecidos, se conservan no pocos. La revolución no hizo más que poner al descubierto lo que se venía gestando de atrás. Por esto, el grito de: «¡Abajo la guerra!» fue uno de los que más resonaron durante las jornadas de Febrero. Este grito se oía en las manifestaciones de mujeres, lo lanzaban los obreros de Viborg y los soldados de los cuarteles de la Guardia.

      Cuando los diputados recorrieron el frente, a principios de marzo, los soldados, sobre todo los que llevaban más tiempo de servicio, preguntaban invariablemente: «¿Y qué hay de la tierra?» Los diputados contestaban evasivamente que la cuestión agraria sería resuelta por la Asamblea constituyente. Entonces, surge una voz que revela un pensamiento general oculto: «¿Y para qué me sirve la tierra, si cuando me la den ya no existo? ¿Para qué la quiero entonces?» Tal era el programa de la revolución que alzaban en un principio los soldados: primero, la paz; después, la tierra.

      En la asamblea de los soviets de toda Rusia, celebrada a fines de marzo, en la que hubo no poca fanfarronería patriótica, uno de los delegados, que representaba directamente a los soldados de los trincheras, expresó de un modo muy justo la manera como el frente había acogido la noticia de la revolución: «Todos los soldados dijeron: ¡Gracias a Dios, a ver si ahora tenemos pronto paz!» Las trincheras encargaron a su delegado que dijera al Congreso lo siguiente: «Estamos dispuestos a dar la vida por la libertad; pero, pase lo que pase, camaradas, queremos que se acabe la guerra.» Era la voz viva de la realidad, sobre todo en la segunda parte del mensaje. Si es necesario sufrir, sufriremos; pero que los de arriba se apresuren a negociar la paz.

      Las tropas zaristas que se hallaban destacadas en Francia, es decir, en un medio completamente artificial para ellas, estaban movidas por los mismos sentimientos y seguían exactamente las mismas etapas de descomposición del ejército de su país. «Cuando oímos decir que el zar había abdicado -explicaba en el extranjero a un oficial un viejo soldado campesino analfabeto-, pensamos que esto quería decir que la guerra iba a acabarse... Al fin y al cabo, el zar era el que nos había mandado a la guerra... ¿Qué necesidad tengo yo de la libertad, si he de seguir pudriéndome en las trincheras?» Tal era la filosofía auténticamente revolucionaria de los soldados, innata y no imbuida: no hay agitador capaz de encontrar palabras tan simples y convincentes.

      Los liberales y los socialistas semiliberales intentaban presentar la revolución como un levantamiento de carácter patriótico. El 11 de marzo, Miliukov decía a los periodistas franceses: «La revolución rusa se ha hecho para suprimir los obstáculos que se interponían en el camino de Rusia hacia la victoria.» Aquí, la hipocresía va asociada a la ilusión, aunque hay que suponer que en estas palabras hay más hipocresía que otra cosa.

      Los reaccionarios declarados veían las cosas con más claridad. Von Struve, paneslavista de estirpe alemana, ortodoxo de procedencia luterana y monárquico de extracción marxista, fue el que puso al desnudo de un modo más acertado, aunque fuera en el lenguaje del odio reaccionario, las verdaderas raíces de la revolución. «La revolución, en la que participaron las masas populares y principalmente los soldados -decía Struve-, no era una explosión patriótica; la desmovilización espontánea iba dirigida concretamente contra la continuación de la guerra, es decir, se hacía para poner fin a ésta.»

      Aunque la idea sea exacta, en esta palabras se encierra, sin embargo, una calumnia. En realidad, la desmovilización espontánea surgió de la guerra. La revolución no la creó; lo que hizo fue, por el contrario, contenerla. El movimiento de deserción, extraordinariamente acentuado en vísperas de la revolución, se atenuó en las primeras semanas que siguieron a ésta. El ejército esperaba. Confiando en que la revolución traería la paz, el soldado no se negaba a sostener el frente sobre sus hombros: de otro modo, tal vez, el nuevo gobierno -pensaba él- no podría concertar la paz.

      «Los soldados -informa el 23 de marzo el jefe de la división de Granaderos- expresan de un modo inequívoco el parecer de que no debemos atacar, sino mantenernos a la defensiva.» Los informes militares y políticos repiten esta idea en distintos tonos. El teniente Krilenko, viejo revolucionario y futuro generalísimo bajo los bolcheviques, atestiguaba que, para los soldados, la cuestión de la guerra se resolvía en aquel tiempo en esta fórmula: «Mantener el frente, pero no atacar.» En un lenguaje más solemne y completamente sincero, esto significaba: defender la libertad.

      «¡No se puede enterrar la bayoneta en el suelo!» En aquellos días, los soldados, bajo la influencia de impresiones confusas y muchas veces contradictorias, se negaban incluso a escuchar a los bolcheviques. Es posible que se les antojara, bajo la impresión de algunos discursos poco felices, que los bolcheviques no se preocupaban de la defensa de la revolución ni podían impedir que el gobierno concertase la paz. Los periódicos y los agitadores socialpatriotas se esforzaban en convencer de esto a los soldados; pero, aunque a veces no permitieran que los bolcheviques hablasen, los soldados rechazaron, desde los primeros días de la revolución, toda idea de ofensiva. A los políticos de la capital, esto les parecía un equívoco que se podía vencer ejerciendo sobre los soldados la presión necesaria. La agitación en favor de la guerra aumentaba en un grado extremo. La prensa burguesa explicaba en millones de ejemplares, a la luz de la guerra hasta el triunfo final, los fines de la revolución. Los colaboracionistas estimulaban esta propaganda, en un principio a media voz, y luego ya más audazmente. La influencia de los bolcheviques, muy tenue en el momento de la revolución, disminuyó más aún cuando millares de obreros mandados al frente por haber participado en huelgas, abandonaron las filas del ejército. De este modo, las aspiraciones de paz no encontraban expresión franca y clara allí donde más intensas eran: en el frente. Esta situación daba a los comandantes y comisarios que buscaban ilusiones consoladoras, la posibilidad de engañarse respecto a la verdadera situación. En los artículos y discursos de la época, es frecuente la afirmación de que los soldados, repudiaban la ofensiva pura y exclusivamente por una interpretación errónea de la fórmula «sin anexiones ni indemnizaciones». Los colaboracionistas se esforzaban en explicar que también las guerras puramente defensivas eran compatibles en la ofensiva y, en ocasiones, incluso la exigían. ¡Como si la cuestión versara realmente en torno a esta escolástica estratégica! Los soldados sabían que la ofensiva implicaba la reanudación de la guerra. La actitud expectante del frente equivalía a un armisticio. La teoría y la práctica adoptadas por los soldados respecto a la guerra defensiva eran una fórmula establecida de acuerdo con los alemanes, acuerdo en un principio implícito y luego explícito: «Dejadnos tranquilos, y nosotros os dejaremos tranquilos a vosotros.» El ejército no podía dar más a la guerra.

      Los soldados se mostraban tanto menos propicios a dejarse arrastrar por las exhortaciones guerras cuanto que, bajo pretexto de preparar la ofensiva, la oficialidad reaccionaria intentaba, evidentemente, tomar en sus manos las riendas del poder. Entre los soldados empezó a circular y se generalizó la frase siguiente: «La bayoneta contra los alemanes; la culata contra el enemigo interior.» La bayoneta tenía, desde luego, una misión puramente defensiva. Los soldados de las trincheras no pensaban en la anexión de los Estrechos. Las aspiraciones de paz constituían una profunda corriente subterránea que no había de tardar en salir a la superficie.

      Sin negar que ya antes de la revolución, se «notaban» en el ejército síntomas negativos, Miliukov se atrevió a afirmar, mucho tiempo después de la revolución, que el ejército era capaz de realizar los objetivos que la Entente le había asignado. «La propaganda bolchevista -escribía este personaje en funciones de historiador- no penetró inmediatamente en el frente. Durante el primer mes o mes y medio que siguió a la revolución el estado del ejército era sano.» todo el problema se enfoca desde el punto de vista de la propaganda, como si esto bastara para explicar el proceso histórico. Aparentando luchar contra los bolcheviques, a los cuales atribuye una fuerza mítica, Miliukov lucha, en realidad, contra los hechos. Ya hemos visto cuál era la verdadera situación del ejército. Veamos ahora cómo apreciaban los propios jefes su capacidad combativa en las primeras semanas y aun en los primeros días que siguieron a la revolución.

      El 6 de marzo, el generalísimo del frente septentrional, general Ruski, comunica al Comité ejecutivo que se está manifestando una insubordinación completa de los soldados con respecto a los superiores; es necesario que se manden al frente elementos para tranquilizar al ejército.

      El jefe del Estado Mayor de la escuadra del mar Negro dice en sus Memorias: «Desde los primeros días de la revolución, comprendí claramente que no era posible continuar la guerra y que ésta estaba perdida.» Según él, Kolchak opinaba lo mismo y, si seguía en su puesto de jefe del frente, sólo era para proteger a la oficialidad contra las violencias.

      El conde Ignatiev, que ocupaba un puesto elevado en la Guardia, escribía en marzo a Nabokov: «Hay que hacerse a la idea de que la guerra está terminada, de que no podemos seguir combatiendo, y no combatiremos. Los hombres inteligentes deben buscar el modo de liquidar la guerra del mejor modo posible, pues de lo contrario se producirá una catástrofe...» También Guchkov dijo en aquel entonces a Nabokov que había recibido numerosísimas cartas concebidas en los mismos términos.

      Las rarísimas opiniones aparentemente más favorables quedan casi todas desvirtuadas por las aclaraciones suplementarias. «El deseo d vencer de la tropa persiste -informa el jefe del segundo ejército, Danilov-, y en algunos regimientos incluso se ha acentuado.» Pero inmediatamente observa: «La disciplina decae... Convendría aplazar las acciones ofensivas hasta que la situación se normalice (de uno a tres meses).» Y siguen unas líneas inesperadas: «De los refuerzos sólo llegan el cincuenta por ciento; si siguen derritiéndose así y continúan en los sucesivo siendo tan indisciplinados, no se podrá confiar en el éxito de la ofensiva.»

      «La división es completamente capaz de librar acciones defensiva», informa el valeroso general de la 51ª división de Infantería, e inmediatamente añade: «Es necesario librar al ejército de la influencia de los diputados soldados y obreros.» Sin embargo, esto no era tan fácil como parecía.

      El jefe de la 182ª división informa al comandante del cuerpo: «Cada vez se producen con más frecuencia equívocos por cuestiones insignificantes en esencia, pero amenazadores por su carácter; cada vez es mayor la excitación nerviosa de los soldados, y, con mayor razón, de los oficiales.»

      Hasta aquí, sólo se trata de testimonios dispersos, aunque numerosos. Pero he aquí que el 18 de marzo se celebra en el Cuartel general una conferencia del mando para examinar la situación del frente. Las conclusiones a que llegan los organismos administrativos centrales son unánimes: «En los meses próximos es imposible completar las fuerzas del frente en las proporciones necesarias, pues reina una gran fermentación en todos los regimientos de reserva. El ejército está pasando por una enfermedad. Probablemente no se conseguirá antes de dos o tres meses normalizar las relaciones entre los soldados y la oficialidad. (Los generales no comprendían que la enfermedad, lejos de decrecer, seguía progresando.) Por el momento, se nota algún decaimiento entre los oficiales, efervescencia en las tropas y numerosas deserciones. La capacidad combativa del ejército ha disminuido y es muy difícil contar con que la guerra pueda seguir adelante en el momento actual.» Conclusión: «Es inadmisible que actualmente se puedan llevar a la práctica las operaciones activas señaladas para esta primavera.»

      Durante las siguientes semanas, la situación sigue empeorando rápidamente y los testimonios que lo abonan se multiplican sin cesar.

      A fines de marzo, el general del 5º ejército, Dragomirov, escribía al general Ruski: «El espíritu bélico ha decaído. No sólo los soldados no tienen ningún deseo de atacar, sino que aun la facultad de mantenerse sencillamente a la defensiva ha disminuido, hasta el punto de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido de poner en peligro los objetivos de la guerra... La política, que se ha extendido enormemente por todos los sectores del ejército... ha arrastrado a toda la masa de los soldados a no desear más que una cosa: que acabe la guerra y volverse a casa.»

      El general Lukomski, una de las más firmes columnas de la reacción en el Cuartel general, descontento del nuevo orden de cosas, pasó a principios de la guerra a mandar un cuerpo de ejército, y, según él mismo nos cuenta, comprobó que la disciplina sólo seguía manteniéndose en los regimientos de Artillería y de Ingenieros, en los cuales había muchos oficiales y soldados de oficio: «Por lo que se refiere a las tres divisiones de Infantería, se estaban desmoronando por completo.»

      Las deserciones, que disminuyeron después de la revolución bajo el signo de la esperanza, volvieron a aumentar bajo la presión del desencanto. Según el general Alexéiev, en la semana comprendida entre el 1 y el 7 de abril desertaron del frente septentrional y occidental cerca de ocho mil soldados. «Leo con gran asombro -escribía a Guchkov- informes de gente irresponsable sobre la «magnífica» moral del ejército. ¿Qué fines persiguen con esto? A los alemanes no conseguiremos engañarles, y, en cambio, para nosotros el engaño sería fatal.»

      Conviene señalar que hasta ahora casi en ninguna parte se habla de los bolcheviques: la mayoría de los oficiales no se habían hecho aún a este extraño nombre. Cuando los informes hablan de las causas de la descomposición del ejército, señalan como tales a los periódicos, a los propagandistas, a los soviets, a la «política»; en una palabra, a la revolución de Febrero.

      Aún había algunos jefes optimistas que confiaban en que todo se arreglaría. Había muchos más que cerraban deliberadamente los ojos ante los hechos para no causar disgustos a las nuevas autoridades. Y, a la inversa, un número considerable de jefes que exageraban conscientemente los síntomas de dsmoralización para obtener de las autoridades medidas decisivas que ellos, sin embargo, no podían o no se atrevían a llamar por su nombre. Pero el estado general del ejército, tal como lo dejamos señalado, es indiscutible. Al sobrevenir la caída del antiguo régimen, el ejército estaba enfermo y la revolución imprimió al irresistible proceso de su desmoronamiento formas políticas que fueron tomando poco a poco un carácter más implacablemente definido. La revolución llevó hasta sus últimas consecuencias no sólo las ansias apasionadas de paz, sino también la hostilidad de la masa de los soldados hacia el mando y las clases gobernantes en general.

      A mediados de abril, Alexéiev informó personalmente al gobierno -al cual, por lo visto, no disimulaba- sobre el estado de espíritu del ejército. «Me acuerdo -dice Nabokov- del sentimiento de miedo y de desesperación que, al escuchar aquello, se apoderó de mí.» Hay que suponer que cuando se expuso este informe, que sólo pudo ser en las primeras seis semanas que siguieron a la revolución, estaría también presente Miliukov; lo más probable es que fuera precisamente él el que trajera a Alexéiev del frente, con el fin de asustar a sus colegas y por medio de ellos a sus amigos los socialistas. Guchkov sostuvo, efectivamente, después de esto, una conversación con los representantes del Comité ejecutivo. «Han empezado -se lamenta- las funestas fraternizaciones y se registran numerosos casos de insubordinación directa. Las órdenes superiores pasan previamente por el tamiz de las organizaciones del ejército y de los mítines. En algunos regimientos no quieren ni oír hablar de las operaciones activas... Cuando la gente confía en que mañana habrá paz -dice, no sin fundamento, Guchkov-, es imposible obligarla hoy a arriesgar la cabeza. De aquí, el ministro de la Guerra sacaba esta conclusión: hay que dejar de hablar de paz en voz alta. Y como precisamente la revolución había enseñado a la gente a decir en voz alta lo que antes se guardaba para sus adentros, esto equivalía a decir: hay que acabar con la revolución.

      El soldado, naturalmente, no tenía deseo alguno, ya desde el primer día de la guerra, de morir ni de pelear. Pero se resistía a ello del mismo modo que el caballo de batería se resistía a arrastrar un cañón pesado por el barro. Lo mismo que el caballo, no creía que pudiera verse nunca libre de la carga que le habían echado encima. Entre su voluntad y los sucesos de la guerra no había ningún nexo. La revolución se lo descubrió. Para millones de soldados, ésta significaba el derecho a una vida mejor y, sobre todo, el derecho a la vida escueta, el derecho a proteger su existencia de las balas y los obuses y, a la par, a proteger su cara del puño del oficial. En este sentido, decíamos más arriba que el proceso sicológico sustancial que se estaba operando en el ejército consistía en el despertar de la personalidad. Las clases cultas creían ver una traición contra la nación en aquella irrupción volcánica de individualismo, que revestía muchas veces formas anárquicas. En realidad, en los actos turbulentos de los soldados, en sus protestas desmandadas, hasta en sus excesos sangrientos se estaba gestando sencillamente aquella nación que se creía traicionada, a base de unos materiales grises, impersonales y prehistóricos. El desbordamiento, tan odiado por la burguesía, del individualismo de la masas respondía precisamente al carácter de la revolución de Febrero, como revolución burguesa que era.

      Pero no era éste su único contenido, pues en la revolución, además del campesino y de su hijo el soldado, participaba el obrero. Este hacía ya tiempo que sentía su personalidad, y había ido a la guerra no sólo odiándola, sino con la idea preconcebida de luchar contra ella, y la revolución no significaba para él, pura y simplemente, el hecho escueto de la victoria, sino también el triunfo parcial de sus ideas. El derrumbamiento de la monarquía era, para él, el primer peldaño, en el cual no se detenía, pues, una vez remontado, se apresuraba a lanzarse tras otros objetivos. Para él todo el problema estaba en saber hasta qué punto seguirían apoyándole en sus luchas el soldado y el campesino. «¿Para qué quiero yo la libertad -decía, repitiendo las palabras oídas al obrero a la puerta del teatro, al que no le daban acceso- si las llaves de la libertad las tienen en sus manos los señores?» A través del inmenso caos de la revolución de Febrero se veían resplandecer los rasgos acerados de la de Octubre.

      Capítulo 14. Los gobernantes y la guerra

      El archivo Marx - Engels - Rosa - Lenin - Mao - Ho - Che - Wallerstein - EZLN a la página principal