1929-1932: Capítulo 13. El ejército y la guerra, de la Historia de la Revolución Rusa.
(viene de pg. anterior)
El tejido, ya muy desgastado, de la disciplina
se fue rompiendo, a lo primero poco a poco, en diferentes puntos,
en diferentes guarniciones y regimientos. Muchas veces, el comandante
se imaginaba que, en su regimiento o división, todo había
marchado bien, hasta la llegada de los periódicos o de
un propagandista. En realidad, se estaba efectuando un proceso
paciente de fuerzas subterráneas e inexorables.
El diputado liberal Januschkevich trajo del
frente la impresión de que donde la desorganización
alcanzaba un grado mayor era en los regimientos «verdes»,
aquellos en que abundaban los campesinos. «Los regimientos
más revolucionarios conviven muy bien con los oficiales.»
En realidad, donde se mantuvo más tiempo la disciplina
fue en los dos polos: en la Caballería privilegiada, compuesta
de campesinos acomodados, y en la Artillería y, en general,
en las fuerzas técnicas, con un tanto por ciento elevado
de obreros e intelectuales. Los que más resistieron fueron
los cosacos-propietarios, que temían a la revolución
agraria, en que la mayoría de ellos tenía que perder.
Algunas fuerzas cosacas fueron, incluso después de la revolución,
más de una vez, instrumentos de represión. Pero
así y todo, la diferencia residía únicamente
en la mayor o menor rapidez con que se efectuaba el proceso de
descomposición.
En esta lucha sorda había sus flujos
y reflujos. Los oficiales intentaban adaptarse a la nueva situación.
Los soldados tornaban a confiar. Pero, a la vuelta de estas crisis
y depresiones temporales, de los días y semanas de armisticio,
el odio social, que descomponía el ejército del
antiguo régimen, iba adquiriendo una tensión cada
vez mayor, que estallaba muchas veces con fulgores trágicos.
En Moscú se reunió en uno de los circos una asamblea
de soldado y oficiales inválidos. Uno de los oradores habló
desde la tribuna, en tonos duros, de la oficialidad. Se armó
gran ruido de protestas; los reunidos empezaron a golpear el suelo
con las piernas, los bastones, las muletas. «¿Acaso
hace tiempo, señores oficiales, que azotabais a los soldados
con las vergas y el puño?» Heridos, contusionados,
mutilados, se levantaban unos frente a otros, soldados inválidos
contra oficiales inválidos, mayoría contra minoría,
muletas contra muletas. En esta feroz escena desarrollada en un
circo se contenía ya en germen la ferocidad de la guerra
civil que se avecinaba.
Sobre todas las relaciones y contradicciones
imperantes en el ejército, lo mismo que en el país,
se cernía un problema que se encerraba en una palabra bien
corta: la guerra. Desde el mar Báltico al mar Negro, desde
el mar negro hasta el Caspio y más allá, hacia el
fondo de Persia, en un frente inmenso, había regados sesenta
y ocho cuerpos de Infantería y nueve de Caballería.
¿Qué se hará con ellos? ¿Cómo se
resolverá el pleito de la guerra?
En los comienzos de la revolución,
el ejército se había reforzado considerablemente,
desde el punto de vista del suministro de armas y municiones.
La producción interior para las necesidades de la guerra
se había elevado, y, al mismo tiempo, se intensificaba
el transporte de material de guerra, sobre todo de Artillería,
enviado por los aliados sobre los puertos de Murmansk y Arkángel.
Había una cantidad de fusiles, cañones, obuses,
incomparablemente mayor que en los primeros años de la
guerra. Se ampliaban las divisiones de Infantería y las
intentaron posteriormente demostrar que Rusia se hallaba en vísperas
de la victoria y que sólo la revolución lo había
impedido. Doce años antes, Kuropatkin y Linievich afirmaban,
basándose en los mismos motivos, que Witte les había
impedido derrotar a los japoneses.
En realidad, a principios de 1917, Rusia
se hallaba más lejos de la victoria que nunca. Paralelamente
con el incremento de armas y municiones, se notaba en el ejército,
a fines de 1916, una crisis aguda de productos alimenticios; el
tifus y el escorbuto provocaban más víctimas que
las batallas. La desorganización del transporte iba entorpeciendo
cada vez más los movimientos de las tropas, lo cual bastaba
para reducir a cero las combinaciones estratégicas que
implicaban la movilización de las grandes masas de soldados.
Por añadidura, la aguda crisis de caballos condenaba a
menudo a la Artillería a la inmovilidad. Pero, así
y todo, lo pero era la moral del ejercito, que se puede resumir
así: el ejército como tal ya no existía.
Las derrotas, las retiradas, la indignidad de los dirigentes,
acabaron por desmoralizar completamente a las tropas. Y esto no
había modo de corregirlo con ayuda de medidas administrativas,
del mismo modo que no puede modificarse por medio de decretos
el sistema nervioso del país. Los soldados miraban ahora
los montones de obuses con la misma repugnancia que si fueran
montones de carne llena de gusanos. Todo les parecía inútil,
inservible, engaño y robo. Y el oficial no podía
decirles nada convincente, ni se atrevía tampoco ya a ponerles
la mano en la mejilla. El mismo se consideraba engañado
por el viejo mando, a la par que se sentía culpable ante
el soldado. El ejército estaba incurablemente enfermo,
y únicamente era útil para decidir de la suerte
de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese.
Y nadie creía ya en el triunfo; los oficiales tampoco,
como los soldados. Ni el pueblo ni el ejército querían
seguir combatiendo.
Claro está que en las altas esferas
administrativas, donde la vida llevaba un ritmo peculiar, seguía
hablándose, por la fuerza de la inercia, de grandes operaciones,
de la ofensiva de primavera, de la ocupación de los estrechos
turcos, etc. En Crimea, se preparaban incluso grandes fuerzas
para acometer esta última empresa. Se decía que,
con este fin, habían sido designados los mejores elementos
del ejército. De Petrogrado enviaban fuerzas de la Guardia.
Sin embargo, según cuenta un oficial que había iniciado
la preparación de dichas fuerzas, el 25 de febrero, es
decir, dos días antes de la revolución, todos estos
elementos resultaron pésimos. En la indiferencia de aquellos
ojos azules, castaños y grises no se leía el menor
deseo de combatir... «Todos sus pensamientos, todas sus aspiraciones
estaban concentrados en la paz.»
Testimonios de éstos, o parecidos,
se conservan no pocos. La revolución no hizo más
que poner al descubierto lo que se venía gestando de atrás.
Por esto, el grito de: «¡Abajo la guerra!» fue
uno de los que más resonaron durante las jornadas de Febrero.
Este grito se oía en las manifestaciones de mujeres, lo
lanzaban los obreros de Viborg y los soldados de los cuarteles
de la Guardia.
Cuando los diputados recorrieron el frente,
a principios de marzo, los soldados, sobre todo los que llevaban
más tiempo de servicio, preguntaban invariablemente: «¿Y
qué hay de la tierra?» Los diputados contestaban evasivamente
que la cuestión agraria sería resuelta por la Asamblea
constituyente. Entonces, surge una voz que revela un pensamiento
general oculto: «¿Y para qué me sirve la tierra,
si cuando me la den ya no existo? ¿Para qué la quiero
entonces?» Tal era el programa de la revolución que
alzaban en un principio los soldados: primero, la paz; después,
la tierra.
En la asamblea de los soviets de toda Rusia,
celebrada a fines de marzo, en la que hubo no poca fanfarronería
patriótica, uno de los delegados, que representaba directamente
a los soldados de los trincheras, expresó de un modo muy
justo la manera como el frente había acogido la noticia
de la revolución: «Todos los soldados dijeron: ¡Gracias
a Dios, a ver si ahora tenemos pronto paz!» Las trincheras
encargaron a su delegado que dijera al Congreso lo siguiente:
«Estamos dispuestos a dar la vida por la libertad; pero,
pase lo que pase, camaradas, queremos que se acabe la guerra.»
Era la voz viva de la realidad, sobre todo en la segunda parte
del mensaje. Si es necesario sufrir, sufriremos; pero que los
de arriba se apresuren a negociar la paz.
Las tropas zaristas que se hallaban destacadas
en Francia, es decir, en un medio completamente artificial para
ellas, estaban movidas por los mismos sentimientos y seguían
exactamente las mismas etapas de descomposición del ejército
de su país. «Cuando oímos decir que el zar
había abdicado -explicaba en el extranjero a un oficial
un viejo soldado campesino analfabeto-, pensamos que esto quería
decir que la guerra iba a acabarse... Al fin y al cabo, el zar
era el que nos había mandado a la guerra... ¿Qué
necesidad tengo yo de la libertad, si he de seguir pudriéndome
en las trincheras?» Tal era la filosofía auténticamente
revolucionaria de los soldados, innata y no imbuida: no hay agitador
capaz de encontrar palabras tan simples y convincentes.
Los liberales y los socialistas semiliberales
intentaban presentar la revolución como un levantamiento
de carácter patriótico. El 11 de marzo, Miliukov
decía a los periodistas franceses: «La revolución
rusa se ha hecho para suprimir los obstáculos que se interponían
en el camino de Rusia hacia la victoria.» Aquí, la
hipocresía va asociada a la ilusión, aunque hay
que suponer que en estas palabras hay más hipocresía
que otra cosa.
Los reaccionarios declarados veían
las cosas con más claridad. Von Struve, paneslavista de
estirpe alemana, ortodoxo de procedencia luterana y monárquico
de extracción marxista, fue el que puso al desnudo de un
modo más acertado, aunque fuera en el lenguaje del odio
reaccionario, las verdaderas raíces de la revolución.
«La revolución, en la que participaron las masas populares
y principalmente los soldados -decía Struve-, no era una
explosión patriótica; la desmovilización
espontánea iba dirigida concretamente contra la continuación
de la guerra, es decir, se hacía para poner fin a ésta.»
Aunque la idea sea exacta, en esta palabras
se encierra, sin embargo, una calumnia. En realidad, la desmovilización
espontánea surgió de la guerra. La revolución
no la creó; lo que hizo fue, por el contrario, contenerla.
El movimiento de deserción, extraordinariamente acentuado
en vísperas de la revolución, se atenuó en
las primeras semanas que siguieron a ésta. El ejército
esperaba. Confiando en que la revolución traería
la paz, el soldado no se negaba a sostener el frente sobre sus
hombros: de otro modo, tal vez, el nuevo gobierno -pensaba él-
no podría concertar la paz.
«Los soldados -informa el 23 de marzo
el jefe de la división de Granaderos- expresan de un modo
inequívoco el parecer de que no debemos atacar, sino mantenernos
a la defensiva.» Los informes militares y políticos
repiten esta idea en distintos tonos. El teniente Krilenko, viejo
revolucionario y futuro generalísimo bajo los bolcheviques,
atestiguaba que, para los soldados, la cuestión de la guerra
se resolvía en aquel tiempo en esta fórmula: «Mantener
el frente, pero no atacar.» En un lenguaje más solemne
y completamente sincero, esto significaba: defender la libertad.
«¡No se puede enterrar la bayoneta
en el suelo!» En aquellos días, los soldados, bajo
la influencia de impresiones confusas y muchas veces contradictorias,
se negaban incluso a escuchar a los bolcheviques. Es posible que
se les antojara, bajo la impresión de algunos discursos
poco felices, que los bolcheviques no se preocupaban de la defensa
de la revolución ni podían impedir que el gobierno
concertase la paz. Los periódicos y los agitadores socialpatriotas
se esforzaban en convencer de esto a los soldados; pero, aunque
a veces no permitieran que los bolcheviques hablasen, los soldados
rechazaron, desde los primeros días de la revolución,
toda idea de ofensiva. A los políticos de la capital, esto
les parecía un equívoco que se podía vencer
ejerciendo sobre los soldados la presión necesaria. La
agitación en favor de la guerra aumentaba en un grado extremo.
La prensa burguesa explicaba en millones de ejemplares, a la luz
de la guerra hasta el triunfo final, los fines de la revolución.
Los colaboracionistas estimulaban esta propaganda, en un principio
a media voz, y luego ya más audazmente. La influencia de
los bolcheviques, muy tenue en el momento de la revolución,
disminuyó más aún cuando millares de obreros
mandados al frente por haber participado en huelgas, abandonaron
las filas del ejército. De este modo, las aspiraciones
de paz no encontraban expresión franca y clara allí
donde más intensas eran: en el frente. Esta situación
daba a los comandantes y comisarios que buscaban ilusiones consoladoras,
la posibilidad de engañarse respecto a la verdadera situación.
En los artículos y discursos de la época, es frecuente
la afirmación de que los soldados, repudiaban la ofensiva
pura y exclusivamente por una interpretación errónea
de la fórmula «sin anexiones ni indemnizaciones».
Los colaboracionistas se esforzaban en explicar que también
las guerras puramente defensivas eran compatibles en la ofensiva
y, en ocasiones, incluso la exigían. ¡Como si la cuestión
versara realmente en torno a esta escolástica estratégica!
Los soldados sabían que la ofensiva implicaba la reanudación
de la guerra. La actitud expectante del frente equivalía
a un armisticio. La teoría y la práctica adoptadas
por los soldados respecto a la guerra defensiva eran una fórmula
establecida de acuerdo con los alemanes, acuerdo en un principio
implícito y luego explícito: «Dejadnos tranquilos,
y nosotros os dejaremos tranquilos a vosotros.» El ejército
no podía dar más a la guerra.
Los soldados se mostraban tanto menos propicios
a dejarse arrastrar por las exhortaciones guerras cuanto que,
bajo pretexto de preparar la ofensiva, la oficialidad reaccionaria
intentaba, evidentemente, tomar en sus manos las riendas del poder.
Entre los soldados empezó a circular y se generalizó
la frase siguiente: «La bayoneta contra los alemanes; la
culata contra el enemigo interior.» La bayoneta tenía,
desde luego, una misión puramente defensiva. Los soldados
de las trincheras no pensaban en la anexión de los Estrechos.
Las aspiraciones de paz constituían una profunda corriente
subterránea que no había de tardar en salir a la
superficie.
Sin negar que ya antes de la revolución,
se «notaban» en el ejército síntomas negativos,
Miliukov se atrevió a afirmar, mucho tiempo después
de la revolución, que el ejército era capaz de realizar
los objetivos que la Entente le había asignado. «La
propaganda bolchevista -escribía este personaje en funciones
de historiador- no penetró inmediatamente en el frente.
Durante el primer mes o mes y medio que siguió a la revolución
el estado del ejército era sano.» todo el problema
se enfoca desde el punto de vista de la propaganda, como si esto
bastara para explicar el proceso histórico. Aparentando
luchar contra los bolcheviques, a los cuales atribuye una fuerza
mítica, Miliukov lucha, en realidad, contra los hechos.
Ya hemos visto cuál era la verdadera situación del
ejército. Veamos ahora cómo apreciaban los propios
jefes su capacidad combativa en las primeras semanas y aun en
los primeros días que siguieron a la revolución.
El 6 de marzo, el generalísimo del
frente septentrional, general Ruski, comunica al Comité
ejecutivo que se está manifestando una insubordinación
completa de los soldados con respecto a los superiores; es necesario
que se manden al frente elementos para tranquilizar al ejército.
El jefe del Estado Mayor de la escuadra del
mar Negro dice en sus Memorias: «Desde los primeros
días de la revolución, comprendí claramente
que no era posible continuar la guerra y que ésta estaba
perdida.» Según él, Kolchak opinaba lo mismo
y, si seguía en su puesto de jefe del frente, sólo
era para proteger a la oficialidad contra las violencias.
El conde Ignatiev, que ocupaba un puesto
elevado en la Guardia, escribía en marzo a Nabokov: «Hay
que hacerse a la idea de que la guerra está terminada,
de que no podemos seguir combatiendo, y no combatiremos. Los hombres
inteligentes deben buscar el modo de liquidar la guerra del mejor
modo posible, pues de lo contrario se producirá una catástrofe...»
También Guchkov dijo en aquel entonces a Nabokov que había
recibido numerosísimas cartas concebidas en los mismos
términos.
Las rarísimas opiniones aparentemente
más favorables quedan casi todas desvirtuadas por las aclaraciones
suplementarias. «El deseo d vencer de la tropa persiste -informa
el jefe del segundo ejército, Danilov-, y en algunos regimientos
incluso se ha acentuado.» Pero inmediatamente observa: «La
disciplina decae... Convendría aplazar las acciones ofensivas
hasta que la situación se normalice (de uno a tres meses).»
Y siguen unas líneas inesperadas: «De los refuerzos
sólo llegan el cincuenta por ciento; si siguen derritiéndose
así y continúan en los sucesivo siendo tan indisciplinados,
no se podrá confiar en el éxito de la ofensiva.»
«La división es completamente
capaz de librar acciones defensiva», informa el valeroso
general de la 51ª división de Infantería, e
inmediatamente añade: «Es necesario librar al ejército
de la influencia de los diputados soldados y obreros.» Sin
embargo, esto no era tan fácil como parecía.
El jefe de la 182ª división informa
al comandante del cuerpo: «Cada vez se producen con más
frecuencia equívocos por cuestiones insignificantes en
esencia, pero amenazadores por su carácter; cada vez es
mayor la excitación nerviosa de los soldados, y, con mayor
razón, de los oficiales.»
Hasta aquí, sólo se trata de
testimonios dispersos, aunque numerosos. Pero he aquí que
el 18 de marzo se celebra en el Cuartel general una conferencia
del mando para examinar la situación del frente. Las conclusiones
a que llegan los organismos administrativos centrales son unánimes:
«En los meses próximos es imposible completar las
fuerzas del frente en las proporciones necesarias, pues reina
una gran fermentación en todos los regimientos de reserva.
El ejército está pasando por una enfermedad. Probablemente
no se conseguirá antes de dos o tres meses normalizar las
relaciones entre los soldados y la oficialidad. (Los generales
no comprendían que la enfermedad, lejos de decrecer, seguía
progresando.) Por el momento, se nota algún decaimiento
entre los oficiales, efervescencia en las tropas y numerosas deserciones.
La capacidad combativa del ejército ha disminuido y es
muy difícil contar con que la guerra pueda seguir adelante
en el momento actual.» Conclusión: «Es inadmisible
que actualmente se puedan llevar a la práctica las operaciones
activas señaladas para esta primavera.»
Durante las siguientes semanas, la situación
sigue empeorando rápidamente y los testimonios que lo abonan
se multiplican sin cesar.
A fines de marzo, el general del 5º
ejército, Dragomirov, escribía al general Ruski:
«El espíritu bélico ha decaído. No sólo
los soldados no tienen ningún deseo de atacar, sino que
aun la facultad de mantenerse sencillamente a la defensiva ha
disminuido, hasta el punto de poner en peligro los objetivos de
la guerra... La política, que se ha extendido de poner
en peligro los objetivos de la guerra... La política, que
se ha extendido enormemente por todos los sectores del ejército...
ha arrastrado a toda la masa de los soldados a no desear más
que una cosa: que acabe la guerra y volverse a casa.»
El general Lukomski, una de las más
firmes columnas de la reacción en el Cuartel general, descontento
del nuevo orden de cosas, pasó a principios de la guerra
a mandar un cuerpo de ejército, y, según él
mismo nos cuenta, comprobó que la disciplina sólo
seguía manteniéndose en los regimientos de Artillería
y de Ingenieros, en los cuales había muchos oficiales y
soldados de oficio: «Por lo que se refiere a las tres divisiones
de Infantería, se estaban desmoronando por completo.»
Las deserciones, que disminuyeron después
de la revolución bajo el signo de la esperanza, volvieron
a aumentar bajo la presión del desencanto. Según
el general Alexéiev, en la semana comprendida entre el
1 y el 7 de abril desertaron del frente septentrional y occidental
cerca de ocho mil soldados. «Leo con gran asombro -escribía
a Guchkov- informes de gente irresponsable sobre la «magnífica»
moral del ejército. ¿Qué fines persiguen con
esto? A los alemanes no conseguiremos engañarles, y, en
cambio, para nosotros el engaño sería fatal.»
Conviene señalar que hasta ahora casi
en ninguna parte se habla de los bolcheviques: la mayoría
de los oficiales no se habían hecho aún a este extraño
nombre. Cuando los informes hablan de las causas de la descomposición
del ejército, señalan como tales a los periódicos,
a los propagandistas, a los soviets, a la «política»;
en una palabra, a la revolución de Febrero.
Aún había algunos jefes optimistas
que confiaban en que todo se arreglaría. Había muchos
más que cerraban deliberadamente los ojos ante los hechos
para no causar disgustos a las nuevas autoridades. Y, a la inversa,
un número considerable de jefes que exageraban conscientemente
los síntomas de dsmoralización para obtener de las
autoridades medidas decisivas que ellos, sin embargo, no podían
o no se atrevían a llamar por su nombre. Pero el estado
general del ejército, tal como lo dejamos señalado,
es indiscutible. Al sobrevenir la caída del antiguo régimen,
el ejército estaba enfermo y la revolución imprimió
al irresistible proceso de su desmoronamiento formas políticas
que fueron tomando poco a poco un carácter más implacablemente
definido. La revolución llevó hasta sus últimas
consecuencias no sólo las ansias apasionadas de paz, sino
también la hostilidad de la masa de los soldados hacia
el mando y las clases gobernantes en general.
A mediados de abril, Alexéiev informó
personalmente al gobierno -al cual, por lo visto, no disimulaba-
sobre el estado de espíritu del ejército. «Me
acuerdo -dice Nabokov- del sentimiento de miedo y de desesperación
que, al escuchar aquello, se apoderó de mí.»
Hay que suponer que cuando se expuso este informe, que sólo
pudo ser en las primeras seis semanas que siguieron a la revolución,
estaría también presente Miliukov; lo más
probable es que fuera precisamente él el que trajera a
Alexéiev del frente, con el fin de asustar a sus colegas
y por medio de ellos a sus amigos los socialistas. Guchkov sostuvo,
efectivamente, después de esto, una conversación
con los representantes del Comité ejecutivo. «Han
empezado -se lamenta- las funestas fraternizaciones y se registran
numerosos casos de insubordinación directa. Las órdenes
superiores pasan previamente por el tamiz de las organizaciones
del ejército y de los mítines. En algunos regimientos
no quieren ni oír hablar de las operaciones activas...
Cuando la gente confía en que mañana habrá
paz -dice, no sin fundamento, Guchkov-, es imposible obligarla
hoy a arriesgar la cabeza. De aquí, el ministro de la Guerra
sacaba esta conclusión: hay que dejar de hablar de paz
en voz alta. Y como precisamente la revolución había
enseñado a la gente a decir en voz alta lo que antes se
guardaba para sus adentros, esto equivalía a decir: hay
que acabar con la revolución.
El soldado, naturalmente, no tenía
deseo alguno, ya desde el primer día de la guerra, de morir
ni de pelear. Pero se resistía a ello del mismo modo que
el caballo de batería se resistía a arrastrar un
cañón pesado por el barro. Lo mismo que el caballo,
no creía que pudiera verse nunca libre de la carga que
le habían echado encima. Entre su voluntad y los sucesos
de la guerra no había ningún nexo. La revolución
se lo descubrió. Para millones de soldados, ésta
significaba el derecho a una vida mejor y, sobre todo, el derecho
a la vida escueta, el derecho a proteger su existencia de las
balas y los obuses y, a la par, a proteger su cara del puño
del oficial. En este sentido, decíamos más arriba
que el proceso sicológico sustancial que se estaba operando
en el ejército consistía en el despertar de la personalidad.
Las clases cultas creían ver una traición contra
la nación en aquella irrupción volcánica
de individualismo, que revestía muchas veces formas anárquicas.
En realidad, en los actos turbulentos de los soldados, en sus
protestas desmandadas, hasta en sus excesos sangrientos se estaba
gestando sencillamente aquella nación que se creía
traicionada, a base de unos materiales grises, impersonales y
prehistóricos. El desbordamiento, tan odiado por la burguesía,
del individualismo de la masas respondía precisamente al
carácter de la revolución de Febrero, como revolución
burguesa que era.
Pero no era éste su único contenido, pues en la revolución, además del campesino y de su hijo el soldado, participaba el obrero. Este hacía ya tiempo que sentía su personalidad, y había ido a la guerra no sólo odiándola, sino con la idea preconcebida de luchar contra ella, y la revolución no significaba para él, pura y simplemente, el hecho escueto de la victoria, sino también el triunfo parcial de sus ideas. El derrumbamiento de la monarquía era, para él, el primer peldaño, en el cual no se detenía, pues, una vez remontado, se apresuraba a lanzarse tras otros objetivos. Para él todo el problema estaba en saber hasta qué punto seguirían apoyándole en sus luchas el soldado y el campesino. «¿Para qué quiero yo la libertad -decía, repitiendo las palabras oídas al obrero a la puerta del teatro, al que no le daban acceso- si las llaves de la libertad las tienen en sus manos los señores?» A través del inmenso caos de la revolución de Febrero se veían resplandecer los rasgos acerados de la de Octubre.
Capítulo 14. Los gobernantes y la guerra